Algunos estudios históricos sobre las epidemias Latinoamericanas durante el siglo XX han analizado el legado de las respuestas oficiales y son importantes para entender las reacciones políticas al Covid-19 en la región (Cueto & Palmer, 2016). Este legado puede ser englobado en el concepto de “Cultura de la Sobrevivencia” que se basó en el supuesto que el control de enfermedades epidémicas era sobre todo un asunto tecnológico cuyo cumpliamiento dependía de pocos expertos. Se asumía que la “racionalidad” se impondría a otras prácticas sanitarias como las medicinas domésticas, indígenas, asiáticas o afroamericanas condenadas como primitivas por el Estado. La impronta tecnologicista relegaba la construcción de sistemas sanitarios sólidos y desdeñaba la participación comunitaria en los mismos. Las trompetas triunfalistas de la tecnología anunciaban el control de epidemias sin mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población. No era responsabilidad de los trabajadores de la salud luchar por una reforma social; tan solo atender emergencias con los recursos disponibles. De esta manera las respuestas a las epidemias fueron paliativas, verticales y autoritarias adonde las elites sabían lo que convenia a la sociedad. Los parches normalizaron que algunas personas no tuvieran pleno acceso a ls infraestructura sanitaria, es decir, que no fuesen considerados ciudadanos plenos. En algunos casos se exageró la eficacia de conductas higiénicas para arguir que los pobres –que no seguían esas conductas—eran los culpables de su propia suerte (sin cuestionar porqué era dificil seguirla en barrios miserables). Es decir, se fomentó una percepción limitada de la salud pública; una salida transitoria de las emergencias. Y se crearon expectativas de cortoplazo que suponían que la sanidad oficial era apenas dádivas, como fumigaciones, vacunaciones, un medicamento y hospitales, para que los menos favorecidos puedan sobrevivir. De esta manera, cundió una resignación hacia la enfermedad y la sanidad hegemónica renunció a ser una actividad que asegurase lo que se esperaba de ella en las mejores versiones del capitalismo; es decir, que garantizara la igualdad de oportunidades, contribuyendo al progreso individual en base al talento y esfuerzo; independientemente de las marcas de nacimiento (como lugar, clase social, género o etnicidad).

Un rasgo de la Cultura de la Sobrevivencia que reaparece con maldad en el Brasil azotado por el Covid-19 es la obsesión del Presidente Jair Bolsonaro con la cloroquina que es más que guerra cultural entre científicos partidarios de la cuarentena y políticos autoritarios oponentes al distanciamento social Berlivet and Lowy (2020). Tiene una importante dimensión política que alimenta tanto la pandemia como el pandemonio político que atraviesa ese país; que con 210 millones de habitantes, más de 391,000 casos confirmados y 24,512 muertes (Mayo 27, 2020) es la nación latinoamericana más grande y afectada por el coronavirus.

A pesar que existen diferencias entre la cloroquina y la hydroxcloroquina –la primera es más tóxica que la segunda– Bolsonaro elogió ambos medicamentos y continuó haciéndolo después que su admirado Donald Trump dejó de celebrarlos. La actitud de Bolsonaro está vinculada a su oposición al confinamiento. Algunas semanas después del primer caso brasilero (26 de febrero) el mandatario defendió una llamada cuarentena “vertical” (reclusión de los grupos de riesgo como las personas mayores y diferente de la cuarentena “horizontal” praticada en el resto del mundo). En los primeros días de abril, cuando era claro que ni la horizontal ni la vertical eran implementadas de manera uniforme, Bolsonaro abrazó el tratamiento en su enconado combate contra los gobernadores de los estados quienes unilateralmente habían cerrado escuelas, comercios y medios de transporte, para frenar la expansión del coronavirus.

Simplemente la “cloroquina,” como fue llamada en los discursos bolsonaristas que dejaron de hacer una distinción con la hydroxcloroquina, era una droga conocida en Brasil por su uso contra la malaria, una enfermedad rural extendida. Esta familiariedad, sumada a los argumentos que era barata e inofensiva y, a la expresión “no hay nada que perder,” quisieron justificar el uso del medicamento. La propaganda ocurrió a pesar de las dudas sobre su eficacia y sus reacciones colaterales peligrosas como disturbios cardíacos. De esta manera se replicaba el patrón de soluciones temporales típico de la Cultura de la Sobrevivencia. A comienzos de abril, Bolsonaro aseguraba que la cloroquina era solo para casos graves pero poco después lo recomendó en cualquier circunstancia. Al mismo tiempo, el mandatario presionó a la agencia regulatoria Anvisa para que la autorize, eliminó los impuestos para la importación de fármacos con cloroquina, compró materias primas de la India para fabricarla en Brasil y dictó que el Laboratorio del Ejército produzca más de un millón de comprimidos de cloroquina (un incremento notable porque en 2019 se produjeron en Brasil 250 mil comprimidos).

Lo importante para Bolsonaro -como en otros casos de la Cultura de la Sobrevivencia—era mostrar que su gobierno estaba haciendo algo tangible y entendible por los pobres, es decir ofrecer una dádiva y levantar esperanzas en una “bala mágica” milagrosa. De esta manera, el mandatario eludía la negociación con otros actores políticos para elaborar una respuesta coherente (mucho menos consideraba una modificación de las condiciones de vida que hacían que los pobres fuesen los más vulnerables en esta pandemia). Para los bolsonaristas todo es parte una feroz disputa política que implíca contraponer líderes antisistema supuestamente “humanitarios” contra científicos y políticos “tradicionales” e “insensibles.” La obsesión con la cloroquina fue uno de los principales motivos para la salida de dos Ministros de Salud (Luiz Henrique Mandetta y Nelson Teich quienes renunciaron el 16 de abril y el 15 de mayo, respectivamente). Ambos habían recomendado cautela en el uso de la cloroquina; lo que fue confirmado a mediados de mayo cuando el Journal of the American Medical Association y The New England Journal of Medicine demostraron la irrelevancia de la cloroquina, inclusive cuando era usada con la azitromicina (Jucá 2020). Estas evidencias fueron ignoradas por los bolsonaristas caracterizados por su negacionismo científico (a fines de marzo Bolsonaro llego a afirmar que la pandemia era una “gripezinha”). Aunque el gobernante no se manifestó después de la salida de Teich, difundió en Twitter el video “Cómo conseguir la soñada inmunidad” adonde un médico asegura que la suerte de una persona en la pandemia es resultado de su inmunidad; es decir la fragilidad de las personas es el factor explicativo de mortalidad independientemente del distanciamento social. Así, la glorificacion de la cloroquina complementa la convicción bolsonarista que el Covid-19 inevitablemente contagiaría a 70 % de la población.

La terquedad de Bolsonaro en la cloroquina sirve sus fines políticos. Una solución heterodoxa anima al mesianismo que cultiva el gobernante quien afirma que su presidencia es comparable al calvario de líderes religiosos como Jesus. Es además una manera de pedir lealtad incondicional a sus seguidores que deben oponerse a la “tiranía” del confinamiento de los gobernadores. La crisis es también para Bolsonario una oportunidad de ejecutar su anhelo de imponerse a todos. Según el mandatario –admirador de dictaduras militares — su derecho de aplicar la cloroquina es inapelable porque es el “comandante” del país. No menos importante es distraer la atención de las investigaciones en su contra por su abusiva interferencia en la Policía Federal que podrían precipitar un impeachment.

Si el presidente brasilero tiene éxito con la cloroquina –así una baja mortalidad se deba en realidad a la natural recuperación de la mayoría de las personas que se contagian con el virus—va a reclamar una victoria personal y quizás mejorar sus posibilidades de continuar en el poder. Si Bolsonaro fracasa, su obsesión con la cloroquina y otros factores de la pandemia y del pandemonio brasileros, pueden acabar en su autodestrucción política. Ojalá que su fracaso no sea a costo de más vidas ni del regreso solapado al patrón sanitario de la Cultura de la Sobrevivencia.

 

27 Mayo, 2020

 

References

  • CUETO, Marcos & PALMER, Steve. Medicine and Public Health in Latin America A History. (Nueva York: Cambridge Univ. Press, 2016.
  • BERLIVET, Luc: LOWY, Ilana. The problem with chloroquine. Epistemologists, methodologists, and the (mis)uses of medical history. In: Revista História, Ciências, Saúde – Manguinhos (Blog). 29 abr. 2020. Acess May 11, 2020.
  • JUCÁ, Beatriz. Brasil perde segundo ministro da Saúde sob pressão de Bolsonaro para abrir economia e por uso da cloroquina. El País. May 15, 2020. Access May 16, 2020.

 

BIO:

Marcos Cueto es profesor en la Fundación Oswaldo Cruz Foundation en Brasil. Es autor, con Theodore Brown y Elizabeth Fee, del libro The World Health Organization, a history. Cambridge: Cambridge Univerversity Press, 2019.

 

Citation

Marcos Cueto. 2020. “Epidemias en Amêrica Latina y la Cloroquina en Brasil en perspectiva histórica” CSEAS NEWSLETTER, 78: TBC.